Hay momentos en la vida laboral cotidiana en los que, por un instante, uno se olvida de que está sentado en una sala de reuniones completamente normal. Porque, de repente, aparece delante de todos un chico de 14 años hablando de temas que dejan boquiabiertos incluso a ingenieros con años de experiencia.
Eso fue exactamente lo que vivimos el pasado 5 de mayo en Bensheim, Alemania.
Ese día, el joven investigador Julian Mayer presentó el proyecto con el que recientemente obtuvo el primer puesto en la final regional de Hesse del certamen “Jugend forscht”, un proyecto que tuvimos el privilegio de apoyar desde el principio. Su presentación no solo impresionó a nuestros compañeros y compañeras, sino también a representantes de la prensa y a expertos del sector aeroespacial, entre ellos miembros de la Sociedad Alemana de Aeronáutica y Astronáutica (DGLR). Y bastaron apenas unos minutos para entender que aquello no era el típico proyecto escolar de investigación.
La pregunta con la que empezó todo: ¿qué nos protege realmente de la radiación cósmica?
Mientras muchos adolescentes de 14 años probablemente están pensando en qué móvil pedirles a sus padres, Julian se hacía una pregunta muy distinta: ¿qué materiales son más eficaces para protegerse de la radiación en el espacio? Más concretamente: ¿los materiales ricos en hidrógeno pueden reducir de forma especialmente eficiente la radiación cósmica?
Una cuestión fascinante no solo desde el punto de vista científico, sino también con un enorme potencial para futuras misiones espaciales. Y Julian hizo lo que hacen los verdaderos investigadores: decidió averiguarlo por sí mismo.
“Entonces construiré yo mismo el sistema de medición”
Y aquí es donde la historia empieza a volverse increíble.
En lugar de comprar equipos ya preparados o utilizar sistemas existentes, Julian desarrolló por su cuenta un sistema modular multicanal para detectar radiación ionizante.
Completamente solo.
Aprendió Python de forma autodidacta, se familiarizó con software especializado de medición y análisis de datos, diseñó circuitos eléctricos y esquemas electrónicos, aprendió a soldar y fabricó sus propias placas electrónicas. En resumen: mientras otros adolescentes construyen maquetas de LEGO, Julian construye sistemas de medición de radiación para la estratósfera.

Antes siquiera de lanzar el sistema, realizó una prueba en oscuridad total para asegurarse de que los sensores funcionaban correctamente y de que ninguna influencia externa alterara las mediciones.
“Lo que más me motivaba era entender cada parte del proyecto por mí mismo, desde la electrónica hasta el análisis de datos”, explica Julian. “No quería limitarme a hacer un experimento; quería desarrollar el sistema completo.”
Un road trip convertido en misión espacial
Pero Julian no quería limitarse a hacer mediciones en un aula. Quería condiciones reales. Así que planeó un vuelo estratosférico.
Para hacerlo posible, solicitó personalmente la autorización oficial de vuelo ante el Regierungspräsidium de Darmstadt, calculó él mismo la trayectoria del globo y organizó toda la misión: el lanzamiento en Darmstadt, la deriva y el aterrizaje cerca de Múnich.
Y para quien esté imaginando un simple globo meteorológico: el globo, lleno de helio, ascendió hasta la estratósfera, una capa de la atmósfera que puede alcanzar los 50 kilómetros de altura. El gran objetivo de Julian era llegar a los 40 kilómetros, prácticamente el límite de lo que puede alcanzar un globo estratosférico. Finalmente, el globo alcanzó unos impresionantes 38 kilómetros. No llegó exactamente a la meta, pero sí increíblemente cerca del límite del espacio, algo absolutamente extraordinario para un proyecto estudiantil planificado de manera independiente. A medida que ascendía por la atmósfera, el globo llegó a expandirse hasta alcanzar un diámetro gigantesco de 14 metros.
En algunos momentos, el globo atravesó la atmósfera a velocidades de hasta 250 km/h, y todo el vuelo duró dos horas y media. Durante toda la misión, el sistema permaneció conectado con Julian. Tanto durante el ascenso como durante el vuelo y el aterrizaje, el sistema transmitía continuamente coordenadas GPS en tiempo real, permitiéndole seguir el recorrido del globo en directo y saber exactamente dónde se encontraba en cada momento.
Mientras el globo cruzaba el sur de Alemania, Julian y su padre lo siguieron en coche desde Darmstadt hasta las proximidades de Múnich.
Aterrizar entre campos, bosques… o una ciudad
Uno de los mayores retos de este tipo de misiones es que nunca se sabe con exactitud dónde acabará aterrizando el sistema.
Aun así, las probabilidades estaban bastante a favor de Julian. Gran parte de Alemania está formada por bosques y terrenos agrícolas, así que había muchas posibilidades de que el sistema terminara en algún campo abierto.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió. La trayectoria calculada por Julian coincidió casi perfectamente con la ruta real. Durante el descenso, el globo explotó automáticamente tal y como estaba previsto, el paracaídas se desplegó por sí solo y el sistema aterrizó sano y salvo en un campo abierto cerca de Múnich.
Aunque incluso entonces la suerte siguió jugando un papel importante, ya que el sistema cayó cerca de unas líneas eléctricas. Julian había pensado prácticamente en todo e incluso llevaba cuerdas y una pértiga larga por si tenía que recuperar el equipo de árboles u otros obstáculos. Lo que no había previsto eran las torres eléctricas. Por suerte, la sonda descendió sin problemas lejos de ellas.
Misión cumplida.
Y probablemente nadie en Baviera esperaba que ese día aterrizara justo al lado de su casa un sistema de medición de radiación construido por un estudiante y enviado desde la estratósfera.
Entusiasmo entre la prensa y los expertos aeroespaciales
Durante la presentación, la conversación derivó rápidamente hacia un intercambio técnico muy profundo con los expertos aeroespaciales presentes. Lo que más impresionó a los invitados fue la combinación de rigor científico, ejecución técnica y una iniciativa personal fuera de lo común.
Nuestro CEO, Adrian Merkel, también quedó impresionado:
“Julian nos recuerda en qué consiste realmente la innovación: probar, construir, equivocarse, mejorar y simplemente atreverse a empezar. Lo que ha conseguido con solo 14 años impresiona incluso a desarrolladores experimentados. Personas así son exactamente las que necesita el futuro. Estamos orgullosos de poder acompañarlo y apoyarlo en este camino.”
¿Y ahora qué?
Quedarse quieto claramente no es una opción para Julian.
Muy pronto comenzará unas prácticas en el Centro Aeroespacial Alemán (DLR). Su objetivo a largo plazo es colaborar con la Agencia Espacial Europea (ESA). Y después de ver este proyecto, eso ya no suena como un sueño imposible, sino más bien como el siguiente paso lógico.
Sinceramente, no nos sorprendería que algún día un cohete despegara hacia el espacio llevando tecnología desarrollada por Julian.

Por qué esta historia nos inspira
Para nosotros, esta visita fue un recordatorio de cómo nace la verdadera innovación: no gracias a condiciones perfectas, sino gracias a la curiosidad, la pasión y las ganas de construir cosas por uno mismo. Son valores que nuestro equipo de investigación en el grupo speedikon FM vive cada día.
Julian ha adquirido conocimientos avanzados, dominado tecnologías complejas, resuelto problemas de forma independiente y llevado a cabo una auténtica mini misión espacial. Con solo 14 años.
Felicitamos de todo corazón a Julian por obtener el primer puesto en el certamen regional “Jugend forscht” en la categoría de geociencias y ciencias espaciales. Estamos enormemente orgullosos de haber podido acompañarlo en este camino y, por supuesto, deseando seguir apoyándolo en el futuro.
